domingo, 25 de mayo de 2008

RELATO CORTO

… nunca pensé que el tren pudiera ser tan rápido.
De haberlo sabido habría viajado en autobús. O en bicicleta. O en patines. O aún para ir más despacio, envueltos mis pies en los recuerdos de la casa y el pueblo, me habría vestido de paseante para ir acercándome andando, a paso lento, por ver si así el trayecto alarga hasta la eternidad el pasillo de este corredor de adioses que me toca vivir. Raíl silbante. Billete manido. Grito de angustia y despropósito. Dolor ciego y agudo que me mantiene sumergida en un insomnio galopante y mustio desde que...
… regreso a casa.
Papá murió ayer.
Mamá espera en la estación. Le pedí que no lo hiciera, le rogué. Pero estará allí. Esperando. Arrugada dentro de su piel, los ojos brillantes, los largos dedos como aterciopelados sarmientos tibios, arañando los botones de un jersey disfrazado de luto. Mamá, consumida como un junco disecado en un jarrón cascado de porcelana. Mamá sola, demasiado sola ahora, anacoreta de un lugar donde el ascetismo es señalado con índices indiscretos, donde la carnicería es un campo de batalla con muertos de lengua y perfidias de boca para dentro y para afuera, donde la panadería, el kiosco, el súper y la plazoleta, son nidos de brisas envenenadas que llegan a los odios de su santa penitencia. Mamá, mamaíta…
… que rápido anda este tren.
Me mareo.
Él no mira antes de cruzar. Pedalea hasta el pueblo de al lado al atardecer, sin luz, en dirección contraria para ver los coches que ya no puede oír. No sabe que existe un chaleco reflectante. No sabe qué significa reflectante. No sabe y no quiere saber. Nada ocurre aquí. Todo es tranquilo. Ni el viento corre para no molestar a las abejas. El pueblo es un buen hogar, hija. Un buen hogar.
Quiero bajar. Quiero que se pare ahora mismo y bajarme aquí, en ningún sitio.
Junto a los raíles.
Desandar.
Vomitar.
Él siempre decía que no. El pueblo le gustaba. Mamá se había conformado y estaban juntos. No, él no quería ir a la ciudad. Que importa el jardín. Que importa el mercado cerca. Que importa nada. Ven tú, que tienes el cuarto igual, que tienes tu cama, que tienes tus juguetes.
Es verdad. Yo no quería volver. El lo sabía. Le dolía saberlo y quería que yo supiera que le dolía. Intercambio de reproches silenciosos. Nunca lo entendí. Nunca me entendió. Metidos hasta el ahogo en esa desidia monotona y perezosa que termina por embriagarte, yo apuntalaba los resquicios de mi poder inevitable “algún día tendrás que ceder, papá” y él respondía con la clarividencia de un profeta
“algún día volverás, hija”.
… la próxima parada. La próxima es más larga.
Tenías razón, papá. Vuelvo a casa.
... nunca pensé que el tren pudiera ser tan rápido.

domingo, 11 de mayo de 2008

RELATO CORTO

Dí un salto que en realidad no fué un salto. Más bien un paso. Tampoco un paso, si nos vamos a poner puntillosos. Al fin y al cabo un paso es el movimiento con el que se avanza al andar y yo me estaba tirando de la azotea de un sexto piso. Andar lo que es andar no entraba en mis intenciones. Lo de saltar en plan trampolín de piscina me parecía de lo más forzado. Una inutilidad pomposa. Creo que la palabra que busco es "dejarme caer", pero no encuentro un término más breve. Lanzarse, quizá. Pero tiene cierta reminiscencia a hombrebala que me chirría.
Cuando el suelo desapareció bajo mis pies, la gravedad hizo lo único que sabe hacer la gravedad, abrazarte bien fuerte. De pronto te conviertes en el refresco que asciende por la pajita que Doña gravedad está chupando. Solo que no subes. Tu cuerpo es atraido como un imán hacia abajo. Y lo que te espera es ese asfalto que desde el sexto piso apenas parece una alfombra gris, relativamente mullida.
No da mucho tiempo a pensar, no crean. Eso es una idiotez. Yo no vi mi vida en un segundo ni mucho menos. Será que tenía clarísimo que no la palmaría. Es lo que buscaba y yo nunca, repito, nunca, consigo lo que quiero. A lo sumo, me tropiezo con cosas que (siendo muy rebuscado) podrían interpretarse como deseos. Insisto, siendo muy rebuscado.
Lo primero que tocó el suelo fué mi cara. Hay que joderse. Caer de boca... ¿se puede caer peor? Lo cierto es que no y he ahí la paradoja de mi sino.
El dolor se diluyó como un eco suave. Diluyó mi nariz, mis pómulos y medio cráneo. Lo diluyó todo según me iba aplastando. Así que cerré los ojos y excuché lo que definitivamente tenía que ser mi muerte porque ya es difícil sobrevivir a una caida semejante, de cabeza y sin fruslerías. Una de las sensaciones más cálidas de mi vida. Créanme. Sé que a priori no comprenden la felicidad de ser consciente de la propia muerte, me hago cargo. Sin embargo, veanlo desde mi perspectiva. El suicidio no es cosa fácil.
No lo es.
Cuando has perdido la cuenta de los infructuosos esfuerzos por palmarla, la cosa empieza a resultar épica. La muerte es un objetivo complicado, digan lo que digan. Se escurre la muy cabrona. Y es que no es fácil dejar este mundo rápido y sin montar espectáculos grotescos. Una tiene su dignidad.
Pensé brevemente en el pobre infeliz que encontraría mi cadaver. Y en el pobre infeliz que tendría que despegar mis restos del pavimento. Y en el pobre infeliz que tendría que limpiar las consecuencias de mi, por fin, exitosa inmolación. Sentí un poquito de culpa pero no duró mucho. Cosas del narcisismo post suicida.
Eso, o que acabo de morirme de verdad de la buena.

sábado, 10 de mayo de 2008

RELATO CORTO

“El impacto es súbito y demoledor. Sin frenazos. Sin chirriar de ruedas. La carrocería roja del Ford embiste por la derecha y perfora el asiento del copiloto en medio de una lluvia desacelerada de cristales. El techo metálico se arruga como papel maché. Hombro, brazo, muñeca y mano derecha se dislocan. Toda la extremidad es una marioneta que vuela de un lado a otro con la inercia de la colisión. Me abofetea con fuerza el dorso de mi propia mano. Escucho el crujido de las falanges. No duele (… y debería). La luna de la puerta revienta al chocar contra la mediana y el retrovisor me abre un nuevo labio rojo y babeante en la cara. Escucho el golpe bajo toneladas de aire pesado y hueco […] el tiempo se contorsiona. Un Dios aburrido juega con el ralentí del mando a distancia, porque la escena se congela en todo su apoteósico caos. Gritos de mujer. Sirenas. Pasos. No siento nada… tampoco es una novedad”


Al salir del coche el fresquito antinatural de las seis y media de la mañana me muerde las pantorrillas como un carroñero. Tras el vistazo general la mordedura se extiende por todo el cogote. Aquello es, con benevolencia, una autentica porqueriza. Y nunca mejor dicho, incluso los grillos chillan como cerdos. Una enorme explanada cubierta de lodo, a treinta y siete kilómetros de mi cama en el hospital, a oscuras, sin bicho viviente que cacarée, sin una casa, una vaca o una pincelada de civilización además del paisaje negro de una noche que remata, a lo lejos, en la sierra bruna, sin más aliciente que los faros del automóvil…
Romántico, lo que se dice romántico, no es romántico.
Sin embargo él parece la encarnación humana del éxtasis orgásmico. Feliz, me lleva hasta un lado, nos sienta sobre la hierba y abraza mi cuerpo convaleciente, en silencio, con la mirada perdida en el infinito.
Contemplo la negra inmensidad con ojos de aprendiz, ansiosa por ver qué puede ofrecerme este improvisado paritorio de la naturaleza, que a él se le antoja tan vital. Acaba de secuestrarme cinco horas antes del alta clínica oficial, después de cuatro semanas de UCI y tres meses y medio de hospitalización.

"Hay cosas que no recuerdo, ni lo pretendo.
El día que desperté del coma, setenta y seis horas después del accidente, llovía. Llovió durante tres días sin interrupción. Me obsesionó la idea de que llovía para mí y que diluviaría hasta que el agua bautizara mi recién estrenado yo. Se negaron a dejarme salir. La tercera noche él arrastró mi cama hasta la ventana abierta de par en par y me dejó encojer de frío hasta quedar empapada. Perdí diecisiete kilos, la movilidad del brazo derecho y un riñón. El catorce por ciento de mi estructura ósea aún se recupera. No puedo andar. Podré, dicen. Tengo una llamativa cicatriz en la cara. Desaparecerá, dicen. No me molesta, parezco una heroína de Tim Burton.
No recuerdo algunas cosas, ni lo pretendo.
Pero dejó de llover.
Y volví a escribir.

Al fondo el sol empieza a anunciarse con llovizna de arco iris.
De pronto aquel espacio rudimentario y lodoso se llena de luz primaveral. Como un San Jorge sometiendo al dragón de la noche con ímpetus de mediodía. El sol asoma a un cielo preparado especialmente para nosotros (y se sonríe, seguro) al vernos allí abajo, emocionados, con las gargantas nudas, la piel escarchada y la cruda realidad embotándonos los sentidos. Hace años que no me paro a mirar la nacida glamurosa de la mañana... y por todos los demonios, qué bonita es. El cielo se desgarra a jirones entre rugientes olas naranjas y filamentos de sangre y violeta, la luz palpita y se dilata elástica, en el silencio vertido sobre nuestras cabezas, enfundado en cantos de sirenas de Ulises, en voces sin voz, camino sin huellas, por los siglos de los siglos…
(... y hasta que la muerte os separe)
... amen.


El espectáculo dura, lo que duran las cosas buenas. Poquísimo.
Él se levanta primero y me ayuda a levantarme después. Me sacude la tierra y los saltamontes, miramos un rato cómo se pone el telón de nubes en la distancia y volvemos al coche.
(…)
No sé qué decir.
No digo nada.

martes, 8 de abril de 2008

MICRORELATO

Ahora ya no puede evitar acomodarse junto a la ventana y dejar escapar la cabeza y el corazón por los senderos del recuerdo, vagabundos de los rincones más olvidados de su vieja memoria. O no vieja. Quizá aún no vieja, no en edad…, pero sí en espíritu. Incorruptible . Una decrepita y arrugada sucesión de recuerdos encadenados, eso eran. Algunos tan mal organizados que la llevaban y traian de la juventud a la madurez y de regreso a la infancia, sin orden ni concierto, sentada en la mecedora.
La mecedora. Solo allí era capaz de retomar la vida perdida. El último asidero.

MICRORELATO

Cristina y yo no hablabamos mucho.
Paseabamos y jugabamos en silencio, felices, sin necesidad de conversar, ni de intercambiar palabras, porque ambas sabíamos qué pensaba la otra y nuestra comunicación brotaba sin más con el intercambio mutuo de miradas. Yo soñaba con ser ella, cuando las niñas de mi edad soñaban con ser princesas y mamás, o “señoras de”, jugando a las casitas con bebés de plástico y zapatos de tacón alto, pintados los labios de carmín y adornados los brazos con pulseras de metacrilato de colores.
Mientras, nosotras nos sentabamos a contemplar insectos, ranas en los caños, saltamontes en el cesped húmedo, perseguíamos caracoles, imaginando historias misteriosas sobre su concha y contruíamos barcos de papel, que botabamos con pompa en los charcos de la rambla. Nadie como ella para explicar el colorido del cielo estrellado, en pleno mediodía de abril.
Cristina tenía un par de alas pequeñas en las comisuras de la boca, que aleteaban y brincaban sin pausa, con cada gesto, cada sonrisa y cada matutino encuentro con mi ansiedad infantil por descubrir la vida a su lado. Aun busco estrellas fugaces de día.

MICRORELATO

A los catorce años era aún demasiado inquieta como para ver mucho más allá de lo estrictamente evidente. Me concentraba en escurrir lo más maravilloso de las cosas, sonreir ante ellas y desahuciar lo que quedaba de miserable, rezumanado en el escurridor. A los catorce me torcí un tobillo, me agujereé el ombligo con una horripilante aguja de crochet, hice mi primera pella histórica a clase de sociología, rugí de gusto al contemplarme esplendorosamente afeitada en mi vello púbico, aprendí de memoria la Bhagavad-gïtä en un arranque filosofal y conseguí que medio instituto se movilizara a favor de los derechos del trabajador, abanderando a Sebastián Gómez del Prado, bedel publiempleado depresivo de 64 años, como baluarte y simbolo meritorio de mi cruzada por aburrimiento. A los catorce suspendí mi primera asignatura y bajé del sobresaliente al notable y del notable al indiferentemente problemática, oscilando cual yo-yo del excelente al suspenso incalificable según me diera el viento. A los catorce saboreé mi primer beso, sentí mi primera caricia especial y dí mi primera y última patada en los huevos…
... luego llegué a los quince y todo se terminó.

MICRORELATO

¿Ha probado usted el papel de periódico? Ahórreselo.
Como experiencia es poco recomendable. Si aún así consiente en vivir esa intoxicación, escoja un boletín de inclinación liberal o como mínimo, tirando a derechas. El izquierdismo, se lo juro, produce una cagalera de órdago y además de la obvia indigestión, te destiñe el semblante. A violeta por cierto. No me pregunte porqué, yo solo le digo lo que le digo.
Aunque no se confunda.
La derecha también tiñe.

MICRORELATO

El armario tenía las puertas abiertas.
No mucho, solo una delgada línea de oscuridad. Lo justo para inquietar. Cuando te metes en la cama permitiendo que el cuarto quede así, expuesto, asumes que cualquier cosa puede entrar por allí, presumiblemente porque semejante acto de estupidez indica a las claras "bienvenidos, demonios del carajo, venid y llevadme al infierno mientras descanso a pierna suelta y de paso, saludad a los amigüetes del armario empotrado…" ¡Por Dios!
Encendió la luz de la mesilla de noche y contempló la habitación. Las ranas se oian de fondo. La ventana cerrada a cal y canto.
Bajó de la cama y cerró la puerta.

MICRORELATO

Nadie la creyó cuando dijo que era un angel. Quien iba a creerla. ¡Soberana estupidez a su edad!. Un angel. ¿Con alitas y eso?. Lo típico. Supongo que quizá incluso yo me reí. De todas formas nadie se extrañó y nadie volvió a mencionarlo porque, sencillamente, creo que a nadie le importó. Daba igual. Decía tantas cosas fuera de contexto, ¡sin sentido!… no podías seguirle el ritmo. Una vez se sentó en cuclillas frente a mi y me explicó concienzuda y detalladamente cómo demonios hace la energía cósmica para concederte lo que desées. Sea lo que fuere. Te lo juro. Con todo lujo de detalles. Y tras una descripción minuciosa concluyó firme y serenamente que pronto le saldrían las alas.
Ya las tiene. Dos. Era de suponer que serían dos, claro. En fin, ya va por el quinto par.
El cirujano aún no tiene claro como volver a extirparlas.

MICRORELATO

Ha sido un día largo y agotador. Tan largo que llevo repasados los últimos treinta y tantos años de mi vida, en algo menos de catorce horas. Son las dos de la mañana. No ha vuelto a casa. Deseo que no vuelva y me arrepiento de desearlo. Me siento cruel y también me arrepiento y luego me arrepiento de arrepentirme.
- “Siete años…”- digo en voz alta.
Y lo repito. Una vez, dos
veces, tres veces. Pierdo la cuenta. Se me escapa un suspiro y no puedo evitar abandonarme a una verdad que dista tanto del sueño romántico, que duele como enfermedad terminal. No sé cuándo fue la última vez, pero de pronto me parece que o me acuerdo o voy a ponerme a gritar. En Noviembre. Quizá Octubre. Me obligo a dejar de pensar, repasando cada día y cada noche en busca de un momento cualquiera, almacenado en tierras de abnesia. Es una tortura absurda.
El vacío mental se transforma en una realidad malsana.
Se me olvidó tu último beso.

MICRORELATO

Miro el teléfono de lejos. En los dibujos animados son más rojos, más redondeados, más brillantes y, sobre todo, mucho más sonoros. En los dibujos los teléfonos suenan siempre, y lo hacen con ese ring auténtico, aberrante, imposible de imitar, acompañados del brinco característico y la vibración parkinsoniana de una lavadora, como si quisieran ponerse de pie y gritar: “cogedme, cogedme si podeis…”. Mi teléfono es de color beige y está callado. Por mucho que lo miro, porque lo miro todo el tiempo, permanece inmutable, haciéndose de rogar, como un virtuoso del ostracismo.
Lo escucho sonar en mi cabeza. Claramente. Pero no es cierto.
El teléfono ha muerto, eso debe ser. Murió y listo. Por eso estoy llorando.
¿Por qué si no?

lunes, 7 de abril de 2008

RETALES

“Puedes permirte ser y pensar lo que quieras, elegiste salir del camino"

Hay decisiones que tomas en la vida que ni siquiera eres consciente de haber tomado.
No son ni decisiones, acaso tal vez elecciones naturales, basadas principalmente en tu deseo, y no en el deseo de otros, lo que ya implica buena dosis de sobriedad. La sociedad continúa habituada al rebañismo y el hombre a la comodidad de moverse por inercia con el ímpetu de la masa. No es más fácil asumir la pequeñez y dejarse mecer por el arrullo del colectivo, que tomar las riendas...; esa es la gran mentira. Lo verdaderamente difícil es fingir que la corriente es lo que nos gusta. Sencillo protestar por la dirección de la corriente... y seguir en ella.
"Dicen que hay dos tipos de loco, el que lo es y el que finge serlo."

MICRORELATO

Tiene la perentoria necesidad de vivir con intensidad, porque ya no sabe hacerlo de otra manera. Se le olvidó seguir en la corriente cuando le dijeron que sí, quizá dos meses. Tres a lo sumo. Aprendió que solo hay una forma de vivir. La otra.
Disfruta del dulzor de una pera madura, del mismo modo que del calor de la cama aunque ya no suene el despertador. Saborea los besos inesperados y el tacto de una entrada para el cine, con invitación a cotufas que nunca usó. Se peina a cada rato. Se retoca el maquillaje. Sonríe.
Ya nada le parece tan tremendo que la empuje a la tristeza por demasiado tiempo. El tiempo ya perdió protagonismo. Se ha licenciado en apreciar. En percibir. En percatarse. En advertirlo todo.

Sube a la guagua y sonríe. No la miran y sonríe más. Le conmueve esta cegera ajena.
Desearía expresar todo ésto que le late en las tripas, con un ligero contacto. Entonces iría rozando a todos, con caricias casuales, sembrando una realidad simple en sus complejos corazones. Tan fácil. Tan sencillo. Así debería ser.
Toma asiento. Junto a su butaca un hombre lée el periódico. Suavemente roza su mano. El la mira. Ella sonríe. El frunce el ceño. Tal vez no sea suficiente un breve contacto. Acaricia su brazo con infinita ternura y sonríe más ampliamente.
- Oiga, señora... -agita la mano, evidenciando una alianza- haga el favor!

Sí... ya nada le parece tan tremendo. Así que solo sonríe.



domingo, 6 de abril de 2008

MICRORELATO

… una vez, hace tanto que ya no se recuerda cuanto, un hombre llegó al pueblo. Cargado con vara de sauce y alforjas de cuero, aquel extranjero se buscó una cueva en las cumbres, en mitad del bosque, desde donde divisaba la costa y el océano, de la mañana a la noche, sin más acomodo que unas mantas roídas y un farol.
Las gentes lo imaginaron santo, ermitaño devoto, curandero y visionario, pues su extrema austeridad llamaba la atención. Se corrió la voz de que el extranjero era un monje español en busca de consuelo espiritual, que curaba los cien males del alma y era milagroso al contacto. Por toda respuesta se formó un alud de correveidiles, a cuál más fantástico, hasta que alguno se atrevió a viajar hasta allá arriba. Y luego lo imitó un segundo. Y un tercero. Y así terminaron las gentes acosando al desconocido con peregrinaciones de todo tipo, llevándole tullidos, endemoniados y blasfemos, que se agarraban a sus vestiduras, aturdiéndolo con pesares y ruegos que él rechazaba continuamente alegando que era un simple viajero, estudioso de los mares.
Nadie lo tomó en serio, convencidos de que la humildad solo podía ser fruto de la belleza del espíritu tocado por la gracia de Dios. Y el hecho es que los tullidos mejoraban al beber de su agua, los enfermos sanaban al acariciar sus ropas, los locos recuperaban la cordura al entrar en la cueva y los recién nacidos detenían el llanto al escuchar su voz. Nadie creyó que fuera un simple hombre. ¿Acaso los hombres generan milagros? Decenas de personas acudieron a su puerta para desconsuelo del ermitaño y durante meses continuó aquella algarabía, hasta convertir el senderito que llevaba a la montaña, en un camino liso de tierra azulada, plagado de pisadas, huellas y oraciones.

Hasta que un buen día se fué.

MINI RELATO

Se acercó a cojeras el mutilado, apoyándose en un palitroque doblado que se combaba peligrosamente a cada paso que daba. Inmundo, desnutrido y piojoso, arrastraba una pata muerta tras de si, dejando surcos en la tierra de la plazoleta, como filamentos de medusa o regueros de pólvora seca.
Recién se hubo sentado, con un gruñido estertor, empezó a proferir exclamaciones de disgusto, aporreando la mesa en un vivo reclamo de atención. Tan pueril resultaba su presencia que para los presentes fue una sorpresa ver como el caballero extranjero, impoluto y aseado, se acercaba sombrero en mano y tomaba asiento con ademán respetuoso al lado del infame.
María les sirvió vino y aperitivo, de rigor al mediodía, contoneando el faldón y las caderas, con disgusto por atender al apestoso loco Miguel, pero consolándose en su fuero interno con el secreto placer de mirar, un poquito más de cerca, al atractivo forastero del que hablaban los corrillos de lavanderas. De un modo tan infantil se le arrebolaron las mejillas y le subió el color, que la infeliz soñó por semanas con la débil sonrisa con que creyó ser correspondida. Aunque no hubo tal, pues aquel ni se inmutó en su presencia, apenas ojeándola de soslayo para ignorarla después en beneficio del borracho, por mucho que se atreviera ella a dedicarle, en tonito zalamero, un buen día a su merced que más de uno envidió.
La extraña pareja comenzó el encuentro sin apretón de manos o manifestación alguna de compañerismo. Más aún, semejaban avenirse a tramar un intrincado complot alrededor del cuenco de los chochos, tan bajito conversaban. El vino se perdía por la garganta del patán con la velocidad en la que el otro colmaba hasta el mismo borde su copa. Ambos parecían intercambiar nostalgias y anécdotas, hablaban rápido como confidentes de un secreto común... y hasta llegaron a abrazarse, aseguraron las lenguas malparidas.
Nadie averiguó nunca qué hablaron o urdieron.
El joven partió al día siguiente rumbo a las américas. El anciano murió a los días.
Es así que ambos se llevaron el secreto de su encuentro, el uno al horizonte y el otro a la tumba.

MICRORELATO

“Lo oigo en la otra habitación. Lo imagino con claridad. Juego a poseer su mente y visualizo como se levanta del eterno sillón y camina con paso lento, estirando la espalda por el pasillo a oscuras. Escucho sus pasos sobre el parquet, asoma por la puerta y penetra en el cuarto como la presencia imponente que es.
Se acercará a la cama, su peso hará retroceder el colchón, acariciará mi pelo con esa ternura desvaída con que aparta mechones de entre mis pestañas y sonreiré, porque la felicidad me hace sonreír desde que tengo ocho años. Y él sonreirá porque le gusta arrancarme sonrisas desde que tengo treinta…
Solo que yo estoy aquí, sola, en la cama.
Y el solo está allí.”

MICRORELATO

“Tengo a veces la necesidad imperiosa, forzosa por urgencia, de gritar.
Detenerme el tiempo justo para inhalar, y seguir gritando. Y gritando.
Es acuciante como un dolor sordo detrás de los ojos, palpitando monocorde, uniformemente acelerado. Perentorio, inaplazable, autócrata de una patria sin terruño, porque en éste estado de apremio, me exilio de mi misma para no perder los papeles. Educación de bien nacida y mejor criada.
Entonces silbo.
Bajito. Para que salga todo como un soplo de vela.”

MICRORELATO

“Tengo en casa un pequeño escabel pintado a mano.
Me enamoré de él en Montmartre. El artista, un japonés minucioso, reprodujo ante mis ojos decenas de mariposas iridiscentes sobre tela adamascada de color glauco. Cada vez que lo miro, evoco los infantiles veranos del jardín de mis abuelos. Algo parecido a un deja vû. Como cuando miro tus nalgas al salir de la cama y recuerdo las ciruelas doradas en que se posaban.

Luego me olvido.”

MICRORELATO

“Adán por cierto que no lleva cinturón. Lleva faja. Es distinto.
Una de esas ortopédicas que recuerdan a hernias discales y luxaciones de espalda contrahecha. Con su velcro y todo. Color carne, por disimular. Que ya ves tú, vaya disimulo, si va despelotado. Pero sea, por disimular.
Se le pone cara de dolor cuando se sienta al borde del Paraíso, a ver de lejos el dolor que no debería sentir porque precisamente está en el Paraíso. Bien le gusta dar la nota. Para mí que es cuento. Sacarte una costilla no es cosa tan dramática.
La próxima vez que alguien me diga, “que bonito el cinturón de Adán”, te juro que se traga a la serpiente”

sábado, 5 de abril de 2008

RELATO BREVE

En mi ombligo habita una doncella que dice llamarse YO. Será por aquello de ser protagonista, aún no se muy bien de qué. Ella asegura con rimbombante parapeto que su reino “ombliguíl” es la pera marinera y es mi costumbre no desencantar a las doncellas núbiles que acicalan mi ego.
Lo se, soy una blanda.
YO, como digo, es una acicaladora nata.
Por las mañanas me despierta ronroneando lindezas de amante adulador, acariciando con amor lésbico las crudezas que la vista atesora, susurrándome cuan delicioso es mi cuerpo caldeado entre las sabanas. Háganse cargo que es con éstas caricias de YO, que cada día me despierto. El recordatorio de que soy emperatriz de mi perfecta humanidad. Así pueden entender que mi barbilla camine bien erguida por los senderos de lo cotidiano, sin menoscabo alguno de la adecuada dosis de humildad que impone la moda social.
Un narcisismo con precio de venta al público.

Que perfecta historia de amor, ¿no les parece? Pues que no les parezca tanto.
YO no sabe callar ante mis virtudes.
Un problema, no crean ustedes, un problemón. Porque si bien es cierto que aborrezco de la exageración, no es menos cierto que hay mucho que alabar en mi persona, las cosas como son. Entiendan entonces este dilema mío al enfrentarme cada día a una chiquilla excitada, que entre aplausos vitorea hasta el más insignificante de mis actos.
Un abuso de algarabías, ya comprenderán.
Y naturalmente una situación por demás incomodísima.
Que no me refiero solo al alud de piropos con que me regala cada día, enarbolando la bandera de mi piel como el sumun del ideal humano, agasajando mis pasos firmes sobre las aceras como si plantara árboles de felicidad con cada golpe de tacón. No, por Dios. Si solo fuera eso, sería como disfrutar de una música ambiental con sabor autocomplaciente. No. YO ha convertido el término IDOLATRÍA en moneda de curso legal.
Y en su amor desaforado, soy el eco de pasiones que no por comprensibles, dejan de ser dementes. Y preocupantes.

Ayer, sin ir mas lejos. ¿Pues no se puso a gritar enardecida las bondades de mi particular sentido del humor, orinándose encima de puro chiste? ¡Hombre, por favor! Que sí, que por mi gracia resulto una compañía encantadora y de lo más apetecible, eso nadie lo duda. Pero mearse in situ no esta bien. Y a eso me refiero, ¿saben?... a que YO no tiene medida.
Tengo a una ilimitada coexistiendo en mi ombligo.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que no se como echarla.

No, no es tan fácil. No se puede desahuciar a una pizpireta que se hace fuerte sobre tus tripas, a base de lamerte el día a día, con saliva de dulce digestión. Estoy confusa y hastiada, créanme ustedes, pues nunca mi valioso intelecto ha dejado de darme soluciones a dilemas mucho más complejos que este. Soy de sobrada inteligencia, voluntad férrea y carisma irreprochable. Y aún así... aquí me tienen. Amada hasta un punto extenuante. Envuelta como un insecto en las sedas arácnidas de una YO sin censura.

Decidí, como hacemos todos los que rozamos la cúspide de la desesperación, ignorar a YO. Pero no funcionó. Es una jovencita obstinada y francamente difícil de pasar por alto. Conseguí no sin esfuerzo hacer oídos sordos a los comentarios enamorados que lanzaba al rizo mis pestañas, al cadencioso vaivén de mis caderas, a mis audaces y divertidos comentarios en todo tipo de conversaciones (incluyendo las más anodinas) y llegué a obviar incluso el estallido de júbilo al estrenar mis braguitas de encaje negro, una prometedora noche de abril. No duró.
Un buen día nos enteramos que había ganado el primer puesto, en una carrera de la vida que pocos escalan. Nunca el triunfo ha sabido tan amargo. Desde entonces YO está en ebullición constante. ¿Quién es capaz de ignorar la erupción sistemática de un volcán alojado en el pliegue de tu ombligo?

YO me está destruyendo igual que el caramelo a las manzanas de feria.
Lo noto.
Me consume.

He decidido, por lo tanto, practicar la estrategia de acabar no con el enemigo, pues YO es indestructible así como la materia de los sueños es impalpable, sino acabar con el foco de las ansias de YO. Es decir... acabar conmigo.

No, ninguna locura. Por quien me toman, no hablo de suicidio, que estupidez. Ni todas las YO del mundo valen la pérdida de una vida como la mía. No. Hablo de fingir.

Me he convertido en un disfraz de mi misma.
Así como el príncipe del cuento se transformó en mendigo para engañar a su princesa, yo me he asilvestrado para desencantar a YO de sus insensateces amoriles. Como quien baja el escalón de lo extraordinario, yo finjo descender a una ordinariez sin mucho aspaviento, engatusando a YO con una simpleza aburrida, embadurnando el brillo de mi personalidad con lodos de tedio y basuras al alcance de cualquier borrego social. Disimulo con gracejo de actriz (y lo hago muy bien) ser estúpida y alcahueta, carecer de mis naturales encantos y disfrutar de una vida gris, serpenteando por las horas como un ignorante deambula por un museo de arte contemporáneo.
En resumen, me he vuelto una cualquiera.

Y no lo digo con ánimo de prostituir mi imagen, pues bajo todo este subterfugio de baratijas infames, aún respira la esencia de mi gloria. Soy una cualquiera más en el saco de los cualquieras que corretean por este mundo, solapando mi gallardía con la firme esperanza de asesinar a YO.
El crimen perfecto.

Pensarán ustedes que no me arriendan la ganancia.
Pero naturalmente, están equivocados.
De reojo observo como mis devaneos con lo mediocre van minando el maravilloso concepto que YO me profesa. Es como observar la desolación de un bebé solo y desorientado, en mitad de las callejuelas hostiles de un carrefur cualquiera. Extraviada. Náufrago de una embarcación de dos con asiento para uno. Un triunfo apasionante, señores míos. Hoy parpadeaba sumida en la confusión, como una mosca atontada por el revés de un palmetazo en pleno vuelo. Y sí, lo reconozco, silbo para mis adentros, con sonrisa de placer...
... me he convertido en un carroñero.
Un lobo envuelto en la insípida piel de un cordero común.

Ahora miro a mi alrededor, sin elevar mucho la vista, embaucando a YO en una verdad burlona.
Y entre tanto, navego en esta ociosidad irrelevante, enguantada de banalidad, mezclada con la plebe que forma en las aceras afluentes vivos sin destino. Me uno a la masa compacta, cuyo instinto se ha fundido en un racimo colectivo que se desliga del individualismo y aborrece del libre albedrío confundiendo libertad con libertinaje e ignorando el significado de la palabra albedrío en el mejor de los casos. En el peor, confundiéndolo con un futbolista rumano.
O fingiendo confundirlo.
Ah!, he aquí el dilema. La verdad cuestionable. ¿Cuantos de estos cuerpos atesoran individuos florecientes que esperan a que sus YO mueran en el potro del desaliento...?
¿... cuantos
hassasin ocultos?
Cuantos como yo (...)

MICRORELATO

Como se te ocurre pensar que no soy de aquí- dice, apretando los dientes. El cabello pelirrojo alborotado contra el suspiro del alisio, la piel tostada plagada de pecas, los dedos largos y delicados, de pianista eslovaco, retorcidos alrededor del bastón.
Mírame a los ojos, por Dios!- exclama irritado.

Azules como el océano que se extiende a su espalda, salpicado de piedras negras y grises, a los pies de una costa a la que ya se le olvidó que un día llegó y no siempre estuvo aquí. Olvidos compartidos.
Que me mires te digo!... - su voz se embelesa como la miel de palma caliente-
... se nos nota. Lo exudamos como un perfume oneroso. Nos movemos como las islas se contonean en el océano. Herederos de una tierra que maniobra con el sol y echa pulsos al mar que nos encinta las caderas. Rezumamos canariedad como el queso majorero destila su suero, hijos de un atlántico embriagador que cincela cuerpos y mentes al margen de humanidades.
¡Claro que soy canario! Mi piel te lo grita enfurecida de bronce y oro. Mi lengua se atasca en tu oído, mis manos entorpecen tu vista.
Una vez me llamaron hijo del cielo y mi corazón se estremeció...
Una lágrima escapa a hurtadillas y se desliza por la piel cuarteada. Se pasa la lengua por los viejos labios y el sabor a sal lo convence finalmente.
Que sabrás tú… que ignoras el oleaje de mi alma.

Eso. Que sabré yo.

RELATO BREVE

El hombre tenía la mirada de un tren descarrilado, derramada al otro lado de la acera, allí donde las pupilas se posaban en un gato de color verde que lo miraba con el desdén taimado de los felinos callejeros. Vacío de curiosidad y sin embargo embriagado de un desaire indiferente, el animal se lamía los bigotes sin apartar la vista, en un encuentro pugilístico de desprecios. Deslealtad de los vagabundos hacia sus homónimos.
El bicho bizqueó cuando el cabello del hombre se levantó con el viento y quedó un mechón grasiento enganchado en las cejas tupidas. El gorro de lana se ladeó hacia la izquierda. De resto, cualquiera hubiera distinguido a un mendigo, otro de tantos, en mitad de Gran Vía. Una estatua inestable en el suelo, el brazo apoyado en la rodilla, la mano extendida boca arriba, como un cuenco vital los largos dedos requiriendo en silencio a la bondad prójima...
[… esperanzas estériles]
El gato se incorporó lentamente. Con la flexibilidad de un resorte cedido, estiró los miembros y escudriñó al hombre. Entre el fluir intermitente de coches, piernas, tacones, bolsas y carritos de bebés, pestañeaba al otro lado del asfalto aquel cualquiera, sumido en su miseria, enfrascado en un río de nadies que lo espoleaba de abandono y el muy necio no apartaba la mirada. Sintió una profunda indignación. ¿Es que lo estaba provocando? Canalla estúpido. Solo un humano, ningún otro animal, competiría con un señor de la calle.
Maulló con el fondo de la garganta. Bajo. Sibilino. Una nota justa de amenaza se mezcló con el ronroneo seductor de minino doméstico, tal y como un león hubiera bufado a una cucaracha.
Una mole de mujer que arrastraba tras de si el carrito de la compra, se interpuso entre ambos. Buscó en los bolsillos y en el bolso, en la cartera y en el monedero, resopló y hurgó en los pliegues infinitos de sus ropas, hasta que al fin consiguió dar con un par de monedas. Una se le cayó. Rodó hasta apenas rozar los puma mugrientos del hombre. El cuerpo de ella protestó al inclinarse. Un gruñido de sofoco. Un suspiro al izar las caderas. Tres euros cambiaron de mano. La del hombre, los largos dedos, el cuenco vital, se llenaron de aire vacío y de nadas que no esperan nadas. Las del chino que comerciaba a la salida del metro, sonaron como el tragaperras que era. La señora maniobró con el paraguas recién adquirido. Antes de que las varillas plegables se quebraran con un fuerte golpe de viento, el guiño del todo a cien se convirtió en un “mecagoen” poco elegante, pero más que comprensible.
Mujeres.
En su estatus de gato poco le importaba la estupidez femenina o la escasez de humanidad de aquella masa con vestido floreado. Pero ver el paraguas del revés le supo a justicia y maulló para corroborar esa decisión. Miró al indigente. El muy malnacido aún lo desafiaba. Ofendido y encolerizado se erizó como un campo de fútbol haciendo la ola a su pichichi. Un arrollo de piernas cruzaba la calle por el paso de cebra y avispado en las triquiñuelas de animal urbano cruzó la calle en dirección al hombre. Las uñas afiladas acudieron a sus patas delanteras. Avanzó despacio, como un depredador, la ira tiñendo sus ojos ambarinos de gris cerúleo. Debía ser cauto. Aquel también tenía los suyos de extraño color. Y por cierto que era extraño. Un rojo ceniciento, velado de luz. Un rojo atenuado que en realidad se diría…
Alguien se paró y lanzó un par de monedas. El metal no sonó contra el suelo mojado. El hombre no se movió. Ni siquiera apartó la mirada encarnada. Llovía. También en su cara. Y ese olor. Dulce, seco, penetrante. Mezcla de aceite y jarabe de arce. La ropa ligeramente húmeda pegada al cuerpo. El agua que bajaba por la acera tropezaba con su cadera y el pantalón estaba tan empapado que parecía haberse meado encima tres o cuatro veces seguidas. Y el olor. Ese olor. Almizclado. Irritante. A narcisos recién cortados y machacados en azúcar. Un perfume denso y afrutado que resultaba insultante...
… saltó hasta el regazo del hombre y éste se derrumbó como una torre de naipes.

Las uñas volvieron a sus fundas carnales. Alguien gritó. La lluvia en su cara sabía dulce.
Casi con condescendencia se apeó del cuerpo y siguió su camino.

El enemigo muerto nunca es enemigo.

viernes, 4 de abril de 2008

MICRORELATO

“Me dijo que un día la comprendería. Aún no, sin embargo. Así que tenía por delante una adolescencia tumultuosa, una exuberante juventud incipiente y probablemente una madurez de insolente responsabilidad y preñez inevitable, si es que para entonces aún insistía en entenderla.
“Tienes trece años. Cuando seas madre, comerás huevos”
Yo, alérgica a la albúmina desde los ocho, temblaba con la sola mención del pollo nonato. Tampoco entendía muy bien la relación de la maternidad con el género gallináceo. Y aún menos la necesidad de tener hijos para mantener una conversación normal con mi madre.
La adolescencia llegó, tumultuosa solo por el berrinche monumental de mis hormonas, que allanó el camino a la juventud, maltrecha y despistada, aterrizando en un cuerpo de saldo, que pronto se convertiría en valiosa joya de coleccionista. Los años transcurrieron con pena, gloria y el lote completo. Nada quedó en el tintero. Ni la firma en el registro civil.
La vida se me desbocó y un buen día me convertí en recipiente vital a plazos.
Nueve meses despues, por fin, la comprensión universal.
[…]
Aun no entiendo a mi madre, pero perpetúo el misterio.

Mi hija, por cierto, no come huevos.”

MICRORELATO

“No derramé una lágrima cuando murió bambi. Ni más tarde con Chanquete. Nunca logró arrancarme el llanto un poema, por mucho que algunas palabras reunidas, meciéndose al son de su propio ser, me acongojaron, a veces, un poquito.
En el dolor, apreté los dientes. Deambulé en la soledad. Mi piel se estremeció en secano. La emoción me encontró estéril. Contemplé deshidratada el transcurso árido del sollozo que exudaron mis ojos desabridos y descubrí mi propia sequedad, en el hueco del ombligo. Luego, el colirio. Y el hecho. No se llorar.
.
Hoy, un estremecimiento profundo se generó al diseminarse el orgasmo, como un grito desgarrado. Una marea de placer y desconcierto, lamiendo cada simulado recodo del cuerpo desnudo y de pronto, como una inesperada opresión húmeda, incontinente, que no se puede detener… llegó el llanto.
Un derramamiento cruel de lágrimas que no es amor, gozo o regocijo carnal, sino un estertor de vida que se retuerce con furia de recién nacido. Arañazos salados de lágrima inaugural me surcan las mejillas y se mezclan con sudor y besos y caricias y preguntas. “¿Porqué lloras?” me interroga la oscuridad tras los parpados cerrados.

“No lloro. Yo no se llorar.”

MICRORELATO

“Tengo manías. Nada sencillo como levantarse con el pie derecho o cuidarme de no pisar las juntas de las baldosas. Son manías “tope de gama”. Una chuchería.
Cada mañana, religiosamente, suicido alguno de mis sueños.
O sueños ajenos, tanto da. Suelo hurtarlos, otra manía.
Los suicido en el lago del Parque del Retiro.
También colecciono palabras a gritos. Las tengo cuidadosamente etiquetadas en tarros de cristal con tapón de colores. Amarillo, rosa, violeta y ese tono que ni es verde ni es azul. También subrayo minúsculas y recorto mayúsculas. Así me aficioné a los titulares. Los colecciono. Las mayúsculas me parecen tan eróticas…
Quizá por eso terminé aquí, en mitad del todo blanco. Con los brazos contra los costados y ocho lazos inmaculados a la espalda. Por las mayúsculas. Por recortarlas.
Pero eso, antes, nunca había sido malo. Deberían avisarlo con carteles, igual que advierten de no pisar el césped o exigen precaución con los detergentes con lejía. Pueden ser muy puntillosos cuando quieren. Yo tengo decenas de cajas en casa. Cientos. Todas con mis mayúsculas en orden alfabético. Todas ordenadas cronológicamente, por tamaños y texturas. Todas únicas y expresamente escogidas. Y nadie nunca dijo nada al respecto.
Manías, decían. Si señor, manías. No hacen daño a nadie. Las letras son de todos.
Yo solo recorto las que me gustan. Con tijeras de cocina sin punta para no lastimarme. La última el sábado en el parque. Una X.
La llevaba una joven vestida de amarillo. Brillaba grande y azul en su cuello.”