Dí un salto que en realidad no fué un salto. Más bien un paso. Tampoco un paso, si nos vamos a poner puntillosos. Al fin y al cabo un paso es el movimiento con el que se avanza al andar y yo me estaba tirando de la azotea de un sexto piso. Andar lo que es andar no entraba en mis intenciones. Lo de saltar en plan trampolín de piscina me parecía de lo más forzado. Una inutilidad pomposa. Creo que la palabra que busco es "dejarme caer", pero no encuentro un término más breve. Lanzarse, quizá. Pero tiene cierta reminiscencia a hombrebala que me chirría.
Cuando el suelo desapareció bajo mis pies, la gravedad hizo lo único que sabe hacer la gravedad, abrazarte bien fuerte. De pronto te conviertes en el refresco que asciende por la pajita que Doña gravedad está chupando. Solo que no subes. Tu cuerpo es atraido como un imán hacia abajo. Y lo que te espera es ese asfalto que desde el sexto piso apenas parece una alfombra gris, relativamente mullida.
No da mucho tiempo a pensar, no crean. Eso es una idiotez. Yo no vi mi vida en un segundo ni mucho menos. Será que tenía clarísimo que no la palmaría. Es lo que buscaba y yo nunca, repito, nunca, consigo lo que quiero. A lo sumo, me tropiezo con cosas que (siendo muy rebuscado) podrían interpretarse como deseos. Insisto, siendo muy rebuscado.
Lo primero que tocó el suelo fué mi cara. Hay que joderse. Caer de boca... ¿se puede caer peor? Lo cierto es que no y he ahí la paradoja de mi sino.
El dolor se diluyó como un eco suave. Diluyó mi nariz, mis pómulos y medio cráneo. Lo diluyó todo según me iba aplastando. Así que cerré los ojos y excuché lo que definitivamente tenía que ser mi muerte porque ya es difícil sobrevivir a una caida semejante, de cabeza y sin fruslerías. Una de las sensaciones más cálidas de mi vida. Créanme. Sé que a priori no comprenden la felicidad de ser consciente de la propia muerte, me hago cargo. Sin embargo, veanlo desde mi perspectiva. El suicidio no es cosa fácil.
No lo es.
Cuando has perdido la cuenta de los infructuosos esfuerzos por palmarla, la cosa empieza a resultar épica. La muerte es un objetivo complicado, digan lo que digan. Se escurre la muy cabrona. Y es que no es fácil dejar este mundo rápido y sin montar espectáculos grotescos. Una tiene su dignidad.
Pensé brevemente en el pobre infeliz que encontraría mi cadaver. Y en el pobre infeliz que tendría que despegar mis restos del pavimento. Y en el pobre infeliz que tendría que limpiar las consecuencias de mi, por fin, exitosa inmolación. Sentí un poquito de culpa pero no duró mucho. Cosas del narcisismo post suicida.
Eso, o que acabo de morirme de verdad de la buena.

1 comentario:
Te leo y me reafirmo en lo anteriormente dicho, original, con una parsimonia descriptiva que arrastra a leerte hasta el final para no perderse nada...bueno...menudo hallazgo encima de una fantástica pintora, tienes angel escribiendo....que envidia me das....tendré que resignarme a admirarte...un beso o un abrazo desde Zuhaitz-Ondoan de azpeitia
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