Tiene la perentoria necesidad de vivir con intensidad, porque ya no sabe hacerlo de otra manera. Se le olvidó seguir en la corriente cuando le dijeron que sí, quizá dos meses. Tres a lo sumo. Aprendió que solo hay una forma de vivir. La otra.
Disfruta del dulzor de una pera madura, del mismo modo que del calor de la cama aunque ya no suene el despertador. Saborea los besos inesperados y el tacto de una entrada para el cine, con invitación a cotufas que nunca usó. Se peina a cada rato. Se retoca el maquillaje. Sonríe.
Ya nada le parece tan tremendo que la empuje a la tristeza por demasiado tiempo. El tiempo ya perdió protagonismo. Se ha licenciado en apreciar. En percibir. En percatarse. En advertirlo todo.
Sube a la guagua y sonríe. No la miran y sonríe más. Le conmueve esta cegera ajena.
Desearía expresar todo ésto que le late en las tripas, con un ligero contacto. Entonces iría rozando a todos, con caricias casuales, sembrando una realidad simple en sus complejos corazones. Tan fácil. Tan sencillo. Así debería ser.
Toma asiento. Junto a su butaca un hombre lée el periódico. Suavemente roza su mano. El la mira. Ella sonríe. El frunce el ceño. Tal vez no sea suficiente un breve contacto. Acaricia su brazo con infinita ternura y sonríe más ampliamente.
- Oiga, señora... -agita la mano, evidenciando una alianza- haga el favor!
Sí... ya nada le parece tan tremendo. Así que solo sonríe.
Disfruta del dulzor de una pera madura, del mismo modo que del calor de la cama aunque ya no suene el despertador. Saborea los besos inesperados y el tacto de una entrada para el cine, con invitación a cotufas que nunca usó. Se peina a cada rato. Se retoca el maquillaje. Sonríe.
Ya nada le parece tan tremendo que la empuje a la tristeza por demasiado tiempo. El tiempo ya perdió protagonismo. Se ha licenciado en apreciar. En percibir. En percatarse. En advertirlo todo.
Sube a la guagua y sonríe. No la miran y sonríe más. Le conmueve esta cegera ajena.
Desearía expresar todo ésto que le late en las tripas, con un ligero contacto. Entonces iría rozando a todos, con caricias casuales, sembrando una realidad simple en sus complejos corazones. Tan fácil. Tan sencillo. Así debería ser.
Toma asiento. Junto a su butaca un hombre lée el periódico. Suavemente roza su mano. El la mira. Ella sonríe. El frunce el ceño. Tal vez no sea suficiente un breve contacto. Acaricia su brazo con infinita ternura y sonríe más ampliamente.
- Oiga, señora... -agita la mano, evidenciando una alianza- haga el favor!
Sí... ya nada le parece tan tremendo. Así que solo sonríe.

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