El hombre tenía la mirada de un tren descarrilado, derramada al otro lado de la acera, allí donde las pupilas se posaban en un gato de color verde que lo miraba con el desdén taimado de los felinos callejeros. Vacío de curiosidad y sin embargo embriagado de un desaire indiferente, el animal se lamía los bigotes sin apartar la vista, en un encuentro pugilístico de desprecios. Deslealtad de los vagabundos hacia sus homónimos.
El bicho bizqueó cuando el cabello del hombre se levantó con el viento y quedó un mechón grasiento enganchado en las cejas tupidas. El gorro de lana se ladeó hacia la izquierda. De resto, cualquiera hubiera distinguido a un mendigo, otro de tantos, en mitad de Gran Vía. Una estatua inestable en el suelo, el brazo apoyado en la rodilla, la mano extendida boca arriba, como un cuenco vital los largos dedos requiriendo en silencio a la bondad prójima...
[… esperanzas estériles]
El gato se incorporó lentamente. Con la flexibilidad de un resorte cedido, estiró los miembros y escudriñó al hombre. Entre el fluir intermitente de coches, piernas, tacones, bolsas y carritos de bebés, pestañeaba al otro lado del asfalto aquel cualquiera, sumido en su miseria, enfrascado en un río de nadies que lo espoleaba de abandono y el muy necio no apartaba la mirada. Sintió una profunda indignación. ¿Es que lo estaba provocando? Canalla estúpido. Solo un humano, ningún otro animal, competiría con un señor de la calle.
Maulló con el fondo de la garganta. Bajo. Sibilino. Una nota justa de amenaza se mezcló con el ronroneo seductor de minino doméstico, tal y como un león hubiera bufado a una cucaracha.
Una mole de mujer que arrastraba tras de si el carrito de la compra, se interpuso entre ambos. Buscó en los bolsillos y en el bolso, en la cartera y en el monedero, resopló y hurgó en los pliegues infinitos de sus ropas, hasta que al fin consiguió dar con un par de monedas. Una se le cayó. Rodó hasta apenas rozar los puma mugrientos del hombre. El cuerpo de ella protestó al inclinarse. Un gruñido de sofoco. Un suspiro al izar las caderas. Tres euros cambiaron de mano. La del hombre, los largos dedos, el cuenco vital, se llenaron de aire vacío y de nadas que no esperan nadas. Las del chino que comerciaba a la salida del metro, sonaron como el tragaperras que era. La señora maniobró con el paraguas recién adquirido. Antes de que las varillas plegables se quebraran con un fuerte golpe de viento, el guiño del todo a cien se convirtió en un “mecagoen” poco elegante, pero más que comprensible.
Mujeres.
En su estatus de gato poco le importaba la estupidez femenina o la escasez de humanidad de aquella masa con vestido floreado. Pero ver el paraguas del revés le supo a justicia y maulló para corroborar esa decisión. Miró al indigente. El muy malnacido aún lo desafiaba. Ofendido y encolerizado se erizó como un campo de fútbol haciendo la ola a su pichichi. Un arrollo de piernas cruzaba la calle por el paso de cebra y avispado en las triquiñuelas de animal urbano cruzó la calle en dirección al hombre. Las uñas afiladas acudieron a sus patas delanteras. Avanzó despacio, como un depredador, la ira tiñendo sus ojos ambarinos de gris cerúleo. Debía ser cauto. Aquel también tenía los suyos de extraño color. Y por cierto que era extraño. Un rojo ceniciento, velado de luz. Un rojo atenuado que en realidad se diría…
Alguien se paró y lanzó un par de monedas. El metal no sonó contra el suelo mojado. El hombre no se movió. Ni siquiera apartó la mirada encarnada. Llovía. También en su cara. Y ese olor. Dulce, seco, penetrante. Mezcla de aceite y jarabe de arce. La ropa ligeramente húmeda pegada al cuerpo. El agua que bajaba por la acera tropezaba con su cadera y el pantalón estaba tan empapado que parecía haberse meado encima tres o cuatro veces seguidas. Y el olor. Ese olor. Almizclado. Irritante. A narcisos recién cortados y machacados en azúcar. Un perfume denso y afrutado que resultaba insultante...
… saltó hasta el regazo del hombre y éste se derrumbó como una torre de naipes.
El bicho bizqueó cuando el cabello del hombre se levantó con el viento y quedó un mechón grasiento enganchado en las cejas tupidas. El gorro de lana se ladeó hacia la izquierda. De resto, cualquiera hubiera distinguido a un mendigo, otro de tantos, en mitad de Gran Vía. Una estatua inestable en el suelo, el brazo apoyado en la rodilla, la mano extendida boca arriba, como un cuenco vital los largos dedos requiriendo en silencio a la bondad prójima...
[… esperanzas estériles]
El gato se incorporó lentamente. Con la flexibilidad de un resorte cedido, estiró los miembros y escudriñó al hombre. Entre el fluir intermitente de coches, piernas, tacones, bolsas y carritos de bebés, pestañeaba al otro lado del asfalto aquel cualquiera, sumido en su miseria, enfrascado en un río de nadies que lo espoleaba de abandono y el muy necio no apartaba la mirada. Sintió una profunda indignación. ¿Es que lo estaba provocando? Canalla estúpido. Solo un humano, ningún otro animal, competiría con un señor de la calle.
Maulló con el fondo de la garganta. Bajo. Sibilino. Una nota justa de amenaza se mezcló con el ronroneo seductor de minino doméstico, tal y como un león hubiera bufado a una cucaracha.
Una mole de mujer que arrastraba tras de si el carrito de la compra, se interpuso entre ambos. Buscó en los bolsillos y en el bolso, en la cartera y en el monedero, resopló y hurgó en los pliegues infinitos de sus ropas, hasta que al fin consiguió dar con un par de monedas. Una se le cayó. Rodó hasta apenas rozar los puma mugrientos del hombre. El cuerpo de ella protestó al inclinarse. Un gruñido de sofoco. Un suspiro al izar las caderas. Tres euros cambiaron de mano. La del hombre, los largos dedos, el cuenco vital, se llenaron de aire vacío y de nadas que no esperan nadas. Las del chino que comerciaba a la salida del metro, sonaron como el tragaperras que era. La señora maniobró con el paraguas recién adquirido. Antes de que las varillas plegables se quebraran con un fuerte golpe de viento, el guiño del todo a cien se convirtió en un “mecagoen” poco elegante, pero más que comprensible.
Mujeres.
En su estatus de gato poco le importaba la estupidez femenina o la escasez de humanidad de aquella masa con vestido floreado. Pero ver el paraguas del revés le supo a justicia y maulló para corroborar esa decisión. Miró al indigente. El muy malnacido aún lo desafiaba. Ofendido y encolerizado se erizó como un campo de fútbol haciendo la ola a su pichichi. Un arrollo de piernas cruzaba la calle por el paso de cebra y avispado en las triquiñuelas de animal urbano cruzó la calle en dirección al hombre. Las uñas afiladas acudieron a sus patas delanteras. Avanzó despacio, como un depredador, la ira tiñendo sus ojos ambarinos de gris cerúleo. Debía ser cauto. Aquel también tenía los suyos de extraño color. Y por cierto que era extraño. Un rojo ceniciento, velado de luz. Un rojo atenuado que en realidad se diría…
Alguien se paró y lanzó un par de monedas. El metal no sonó contra el suelo mojado. El hombre no se movió. Ni siquiera apartó la mirada encarnada. Llovía. También en su cara. Y ese olor. Dulce, seco, penetrante. Mezcla de aceite y jarabe de arce. La ropa ligeramente húmeda pegada al cuerpo. El agua que bajaba por la acera tropezaba con su cadera y el pantalón estaba tan empapado que parecía haberse meado encima tres o cuatro veces seguidas. Y el olor. Ese olor. Almizclado. Irritante. A narcisos recién cortados y machacados en azúcar. Un perfume denso y afrutado que resultaba insultante...
… saltó hasta el regazo del hombre y éste se derrumbó como una torre de naipes.
Las uñas volvieron a sus fundas carnales. Alguien gritó. La lluvia en su cara sabía dulce.
Casi con condescendencia se apeó del cuerpo y siguió su camino.
El enemigo muerto nunca es enemigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario