Ha sido un día largo y agotador. Tan largo que llevo repasados los últimos treinta y tantos años de mi vida, en algo menos de catorce horas. Son las dos de la mañana. No ha vuelto a casa. Deseo que no vuelva y me arrepiento de desearlo. Me siento cruel y también me arrepiento y luego me arrepiento de arrepentirme.
- “Siete años…”- digo en voz alta.
Y lo repito. Una vez, dos veces, tres veces. Pierdo la cuenta. Se me escapa un suspiro y no puedo evitar abandonarme a una verdad que dista tanto del sueño romántico, que duele como enfermedad terminal. No sé cuándo fue la última vez, pero de pronto me parece que o me acuerdo o voy a ponerme a gritar. En Noviembre. Quizá Octubre. Me obligo a dejar de pensar, repasando cada día y cada noche en busca de un momento cualquiera, almacenado en tierras de abnesia. Es una tortura absurda.
Y lo repito. Una vez, dos veces, tres veces. Pierdo la cuenta. Se me escapa un suspiro y no puedo evitar abandonarme a una verdad que dista tanto del sueño romántico, que duele como enfermedad terminal. No sé cuándo fue la última vez, pero de pronto me parece que o me acuerdo o voy a ponerme a gritar. En Noviembre. Quizá Octubre. Me obligo a dejar de pensar, repasando cada día y cada noche en busca de un momento cualquiera, almacenado en tierras de abnesia. Es una tortura absurda.
El vacío mental se transforma en una realidad malsana.
Se me olvidó tu último beso.

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