domingo, 6 de abril de 2008

MICRORELATO

… una vez, hace tanto que ya no se recuerda cuanto, un hombre llegó al pueblo. Cargado con vara de sauce y alforjas de cuero, aquel extranjero se buscó una cueva en las cumbres, en mitad del bosque, desde donde divisaba la costa y el océano, de la mañana a la noche, sin más acomodo que unas mantas roídas y un farol.
Las gentes lo imaginaron santo, ermitaño devoto, curandero y visionario, pues su extrema austeridad llamaba la atención. Se corrió la voz de que el extranjero era un monje español en busca de consuelo espiritual, que curaba los cien males del alma y era milagroso al contacto. Por toda respuesta se formó un alud de correveidiles, a cuál más fantástico, hasta que alguno se atrevió a viajar hasta allá arriba. Y luego lo imitó un segundo. Y un tercero. Y así terminaron las gentes acosando al desconocido con peregrinaciones de todo tipo, llevándole tullidos, endemoniados y blasfemos, que se agarraban a sus vestiduras, aturdiéndolo con pesares y ruegos que él rechazaba continuamente alegando que era un simple viajero, estudioso de los mares.
Nadie lo tomó en serio, convencidos de que la humildad solo podía ser fruto de la belleza del espíritu tocado por la gracia de Dios. Y el hecho es que los tullidos mejoraban al beber de su agua, los enfermos sanaban al acariciar sus ropas, los locos recuperaban la cordura al entrar en la cueva y los recién nacidos detenían el llanto al escuchar su voz. Nadie creyó que fuera un simple hombre. ¿Acaso los hombres generan milagros? Decenas de personas acudieron a su puerta para desconsuelo del ermitaño y durante meses continuó aquella algarabía, hasta convertir el senderito que llevaba a la montaña, en un camino liso de tierra azulada, plagado de pisadas, huellas y oraciones.

Hasta que un buen día se fué.

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