viernes, 4 de abril de 2008

MICRORELATO

“Me dijo que un día la comprendería. Aún no, sin embargo. Así que tenía por delante una adolescencia tumultuosa, una exuberante juventud incipiente y probablemente una madurez de insolente responsabilidad y preñez inevitable, si es que para entonces aún insistía en entenderla.
“Tienes trece años. Cuando seas madre, comerás huevos”
Yo, alérgica a la albúmina desde los ocho, temblaba con la sola mención del pollo nonato. Tampoco entendía muy bien la relación de la maternidad con el género gallináceo. Y aún menos la necesidad de tener hijos para mantener una conversación normal con mi madre.
La adolescencia llegó, tumultuosa solo por el berrinche monumental de mis hormonas, que allanó el camino a la juventud, maltrecha y despistada, aterrizando en un cuerpo de saldo, que pronto se convertiría en valiosa joya de coleccionista. Los años transcurrieron con pena, gloria y el lote completo. Nada quedó en el tintero. Ni la firma en el registro civil.
La vida se me desbocó y un buen día me convertí en recipiente vital a plazos.
Nueve meses despues, por fin, la comprensión universal.
[…]
Aun no entiendo a mi madre, pero perpetúo el misterio.

Mi hija, por cierto, no come huevos.”

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