En mi ombligo habita una doncella que dice llamarse YO. Será por aquello de ser protagonista, aún no se muy bien de qué. Ella asegura con rimbombante parapeto que su reino “ombliguíl” es la pera marinera y es mi costumbre no desencantar a las doncellas núbiles que acicalan mi ego.
Lo se, soy una blanda.
YO, como digo, es una acicaladora nata.
Por las mañanas me despierta ronroneando lindezas de amante adulador, acariciando con amor lésbico las crudezas que la vista atesora, susurrándome cuan delicioso es mi cuerpo caldeado entre las sabanas. Háganse cargo que es con éstas caricias de YO, que cada día me despierto. El recordatorio de que soy emperatriz de mi perfecta humanidad. Así pueden entender que mi barbilla camine bien erguida por los senderos de lo cotidiano, sin menoscabo alguno de la adecuada dosis de humildad que impone la moda social.
Un narcisismo con precio de venta al público.
Que perfecta historia de amor, ¿no les parece? Pues que no les parezca tanto.
YO no sabe callar ante mis virtudes.
Un problema, no crean ustedes, un problemón. Porque si bien es cierto que aborrezco de la exageración, no es menos cierto que hay mucho que alabar en mi persona, las cosas como son. Entiendan entonces este dilema mío al enfrentarme cada día a una chiquilla excitada, que entre aplausos vitorea hasta el más insignificante de mis actos.
Un abuso de algarabías, ya comprenderán.
Lo se, soy una blanda.
YO, como digo, es una acicaladora nata.
Por las mañanas me despierta ronroneando lindezas de amante adulador, acariciando con amor lésbico las crudezas que la vista atesora, susurrándome cuan delicioso es mi cuerpo caldeado entre las sabanas. Háganse cargo que es con éstas caricias de YO, que cada día me despierto. El recordatorio de que soy emperatriz de mi perfecta humanidad. Así pueden entender que mi barbilla camine bien erguida por los senderos de lo cotidiano, sin menoscabo alguno de la adecuada dosis de humildad que impone la moda social.
Un narcisismo con precio de venta al público.
Que perfecta historia de amor, ¿no les parece? Pues que no les parezca tanto.
YO no sabe callar ante mis virtudes.
Un problema, no crean ustedes, un problemón. Porque si bien es cierto que aborrezco de la exageración, no es menos cierto que hay mucho que alabar en mi persona, las cosas como son. Entiendan entonces este dilema mío al enfrentarme cada día a una chiquilla excitada, que entre aplausos vitorea hasta el más insignificante de mis actos.
Un abuso de algarabías, ya comprenderán.
Y naturalmente una situación por demás incomodísima.
Que no me refiero solo al alud de piropos con que me regala cada día, enarbolando la bandera de mi piel como el sumun del ideal humano, agasajando mis pasos firmes sobre las aceras como si plantara árboles de felicidad con cada golpe de tacón. No, por Dios. Si solo fuera eso, sería como disfrutar de una música ambiental con sabor autocomplaciente. No. YO ha convertido el término IDOLATRÍA en moneda de curso legal.
Y en su amor desaforado, soy el eco de pasiones que no por comprensibles, dejan de ser dementes. Y preocupantes.
Ayer, sin ir mas lejos. ¿Pues no se puso a gritar enardecida las bondades de mi particular sentido del humor, orinándose encima de puro chiste? ¡Hombre, por favor! Que sí, que por mi gracia resulto una compañía encantadora y de lo más apetecible, eso nadie lo duda. Pero mearse in situ no esta bien. Y a eso me refiero, ¿saben?... a que YO no tiene medida.
Tengo a una ilimitada coexistiendo en mi ombligo.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que no se como echarla.
No, no es tan fácil. No se puede desahuciar a una pizpireta que se hace fuerte sobre tus tripas, a base de lamerte el día a día, con saliva de dulce digestión. Estoy confusa y hastiada, créanme ustedes, pues nunca mi valioso intelecto ha dejado de darme soluciones a dilemas mucho más complejos que este. Soy de sobrada inteligencia, voluntad férrea y carisma irreprochable. Y aún así... aquí me tienen. Amada hasta un punto extenuante. Envuelta como un insecto en las sedas arácnidas de una YO sin censura.
Decidí, como hacemos todos los que rozamos la cúspide de la desesperación, ignorar a YO. Pero no funcionó. Es una jovencita obstinada y francamente difícil de pasar por alto. Conseguí no sin esfuerzo hacer oídos sordos a los comentarios enamorados que lanzaba al rizo mis pestañas, al cadencioso vaivén de mis caderas, a mis audaces y divertidos comentarios en todo tipo de conversaciones (incluyendo las más anodinas) y llegué a obviar incluso el estallido de júbilo al estrenar mis braguitas de encaje negro, una prometedora noche de abril. No duró.
Un buen día nos enteramos que había ganado el primer puesto, en una carrera de la vida que pocos escalan. Nunca el triunfo ha sabido tan amargo. Desde entonces YO está en ebullición constante. ¿Quién es capaz de ignorar la erupción sistemática de un volcán alojado en el pliegue de tu ombligo?
YO me está destruyendo igual que el caramelo a las manzanas de feria.
Lo noto.
Me consume.
He decidido, por lo tanto, practicar la estrategia de acabar no con el enemigo, pues YO es indestructible así como la materia de los sueños es impalpable, sino acabar con el foco de las ansias de YO. Es decir... acabar conmigo.
No, ninguna locura. Por quien me toman, no hablo de suicidio, que estupidez. Ni todas las YO del mundo valen la pérdida de una vida como la mía. No. Hablo de fingir.
Me he convertido en un disfraz de mi misma.
Así como el príncipe del cuento se transformó en mendigo para engañar a su princesa, yo me he asilvestrado para desencantar a YO de sus insensateces amoriles. Como quien baja el escalón de lo extraordinario, yo finjo descender a una ordinariez sin mucho aspaviento, engatusando a YO con una simpleza aburrida, embadurnando el brillo de mi personalidad con lodos de tedio y basuras al alcance de cualquier borrego social. Disimulo con gracejo de actriz (y lo hago muy bien) ser estúpida y alcahueta, carecer de mis naturales encantos y disfrutar de una vida gris, serpenteando por las horas como un ignorante deambula por un museo de arte contemporáneo.
En resumen, me he vuelto una cualquiera.
Y no lo digo con ánimo de prostituir mi imagen, pues bajo todo este subterfugio de baratijas infames, aún respira la esencia de mi gloria. Soy una cualquiera más en el saco de los cualquieras que corretean por este mundo, solapando mi gallardía con la firme esperanza de asesinar a YO.
El crimen perfecto.
Pensarán ustedes que no me arriendan la ganancia.
Que no me refiero solo al alud de piropos con que me regala cada día, enarbolando la bandera de mi piel como el sumun del ideal humano, agasajando mis pasos firmes sobre las aceras como si plantara árboles de felicidad con cada golpe de tacón. No, por Dios. Si solo fuera eso, sería como disfrutar de una música ambiental con sabor autocomplaciente. No. YO ha convertido el término IDOLATRÍA en moneda de curso legal.
Y en su amor desaforado, soy el eco de pasiones que no por comprensibles, dejan de ser dementes. Y preocupantes.
Ayer, sin ir mas lejos. ¿Pues no se puso a gritar enardecida las bondades de mi particular sentido del humor, orinándose encima de puro chiste? ¡Hombre, por favor! Que sí, que por mi gracia resulto una compañía encantadora y de lo más apetecible, eso nadie lo duda. Pero mearse in situ no esta bien. Y a eso me refiero, ¿saben?... a que YO no tiene medida.
Tengo a una ilimitada coexistiendo en mi ombligo.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que no se como echarla.
No, no es tan fácil. No se puede desahuciar a una pizpireta que se hace fuerte sobre tus tripas, a base de lamerte el día a día, con saliva de dulce digestión. Estoy confusa y hastiada, créanme ustedes, pues nunca mi valioso intelecto ha dejado de darme soluciones a dilemas mucho más complejos que este. Soy de sobrada inteligencia, voluntad férrea y carisma irreprochable. Y aún así... aquí me tienen. Amada hasta un punto extenuante. Envuelta como un insecto en las sedas arácnidas de una YO sin censura.
Decidí, como hacemos todos los que rozamos la cúspide de la desesperación, ignorar a YO. Pero no funcionó. Es una jovencita obstinada y francamente difícil de pasar por alto. Conseguí no sin esfuerzo hacer oídos sordos a los comentarios enamorados que lanzaba al rizo mis pestañas, al cadencioso vaivén de mis caderas, a mis audaces y divertidos comentarios en todo tipo de conversaciones (incluyendo las más anodinas) y llegué a obviar incluso el estallido de júbilo al estrenar mis braguitas de encaje negro, una prometedora noche de abril. No duró.
Un buen día nos enteramos que había ganado el primer puesto, en una carrera de la vida que pocos escalan. Nunca el triunfo ha sabido tan amargo. Desde entonces YO está en ebullición constante. ¿Quién es capaz de ignorar la erupción sistemática de un volcán alojado en el pliegue de tu ombligo?
YO me está destruyendo igual que el caramelo a las manzanas de feria.
Lo noto.
Me consume.
He decidido, por lo tanto, practicar la estrategia de acabar no con el enemigo, pues YO es indestructible así como la materia de los sueños es impalpable, sino acabar con el foco de las ansias de YO. Es decir... acabar conmigo.
No, ninguna locura. Por quien me toman, no hablo de suicidio, que estupidez. Ni todas las YO del mundo valen la pérdida de una vida como la mía. No. Hablo de fingir.
Me he convertido en un disfraz de mi misma.
Así como el príncipe del cuento se transformó en mendigo para engañar a su princesa, yo me he asilvestrado para desencantar a YO de sus insensateces amoriles. Como quien baja el escalón de lo extraordinario, yo finjo descender a una ordinariez sin mucho aspaviento, engatusando a YO con una simpleza aburrida, embadurnando el brillo de mi personalidad con lodos de tedio y basuras al alcance de cualquier borrego social. Disimulo con gracejo de actriz (y lo hago muy bien) ser estúpida y alcahueta, carecer de mis naturales encantos y disfrutar de una vida gris, serpenteando por las horas como un ignorante deambula por un museo de arte contemporáneo.
En resumen, me he vuelto una cualquiera.
Y no lo digo con ánimo de prostituir mi imagen, pues bajo todo este subterfugio de baratijas infames, aún respira la esencia de mi gloria. Soy una cualquiera más en el saco de los cualquieras que corretean por este mundo, solapando mi gallardía con la firme esperanza de asesinar a YO.
El crimen perfecto.
Pensarán ustedes que no me arriendan la ganancia.
Pero naturalmente, están equivocados.
De reojo observo como mis devaneos con lo mediocre van minando el maravilloso concepto que YO me profesa. Es como observar la desolación de un bebé solo y desorientado, en mitad de las callejuelas hostiles de un carrefur cualquiera. Extraviada. Náufrago de una embarcación de dos con asiento para uno. Un triunfo apasionante, señores míos. Hoy parpadeaba sumida en la confusión, como una mosca atontada por el revés de un palmetazo en pleno vuelo. Y sí, lo reconozco, silbo para mis adentros, con sonrisa de placer...
... me he convertido en un carroñero.
Un lobo envuelto en la insípida piel de un cordero común.
Ahora miro a mi alrededor, sin elevar mucho la vista, embaucando a YO en una verdad burlona.
Y entre tanto, navego en esta ociosidad irrelevante, enguantada de banalidad, mezclada con la plebe que forma en las aceras afluentes vivos sin destino. Me uno a la masa compacta, cuyo instinto se ha fundido en un racimo colectivo que se desliga del individualismo y aborrece del libre albedrío confundiendo libertad con libertinaje e ignorando el significado de la palabra albedrío en el mejor de los casos. En el peor, confundiéndolo con un futbolista rumano.
O fingiendo confundirlo.
Ah!, he aquí el dilema. La verdad cuestionable. ¿Cuantos de estos cuerpos atesoran individuos florecientes que esperan a que sus YO mueran en el potro del desaliento...?
¿... cuantos hassasin ocultos?
De reojo observo como mis devaneos con lo mediocre van minando el maravilloso concepto que YO me profesa. Es como observar la desolación de un bebé solo y desorientado, en mitad de las callejuelas hostiles de un carrefur cualquiera. Extraviada. Náufrago de una embarcación de dos con asiento para uno. Un triunfo apasionante, señores míos. Hoy parpadeaba sumida en la confusión, como una mosca atontada por el revés de un palmetazo en pleno vuelo. Y sí, lo reconozco, silbo para mis adentros, con sonrisa de placer...
... me he convertido en un carroñero.
Un lobo envuelto en la insípida piel de un cordero común.
Ahora miro a mi alrededor, sin elevar mucho la vista, embaucando a YO en una verdad burlona.
Y entre tanto, navego en esta ociosidad irrelevante, enguantada de banalidad, mezclada con la plebe que forma en las aceras afluentes vivos sin destino. Me uno a la masa compacta, cuyo instinto se ha fundido en un racimo colectivo que se desliga del individualismo y aborrece del libre albedrío confundiendo libertad con libertinaje e ignorando el significado de la palabra albedrío en el mejor de los casos. En el peor, confundiéndolo con un futbolista rumano.
O fingiendo confundirlo.
Ah!, he aquí el dilema. La verdad cuestionable. ¿Cuantos de estos cuerpos atesoran individuos florecientes que esperan a que sus YO mueran en el potro del desaliento...?
¿... cuantos hassasin ocultos?
Cuantos como yo (...)

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