“El impacto es súbito y demoledor. Sin frenazos. Sin chirriar de ruedas. La carrocería roja del Ford embiste por la derecha y perfora el asiento del copiloto en medio de una lluvia desacelerada de cristales. El techo metálico se arruga como papel maché. Hombro, brazo, muñeca y mano derecha se dislocan. Toda la extremidad es una marioneta que vuela de un lado a otro con la inercia de la colisión. Me abofetea con fuerza el dorso de mi propia mano. Escucho el crujido de las falanges. No duele (… y debería). La luna de la puerta revienta al chocar contra la mediana y el retrovisor me abre un nuevo labio rojo y babeante en la cara. Escucho el golpe bajo toneladas de aire pesado y hueco […] el tiempo se contorsiona. Un Dios aburrido juega con el ralentí del mando a distancia, porque la escena se congela en todo su apoteósico caos. Gritos de mujer. Sirenas. Pasos. No siento nada… tampoco es una novedad”
Al salir del coche el fresquito antinatural de las seis y media de la mañana me muerde las pantorrillas como un carroñero. Tras el vistazo general la mordedura se extiende por todo el cogote. Aquello es, con benevolencia, una autentica porqueriza. Y nunca mejor dicho, incluso los grillos chillan como cerdos. Una enorme explanada cubierta de lodo, a treinta y siete kilómetros de mi cama en el hospital, a oscuras, sin bicho viviente que cacarée, sin una casa, una vaca o una pincelada de civilización además del paisaje negro de una noche que remata, a lo lejos, en la sierra bruna, sin más aliciente que los faros del automóvil…
Romántico, lo que se dice romántico, no es romántico.
Sin embargo él parece la encarnación humana del éxtasis orgásmico. Feliz, me lleva hasta un lado, nos sienta sobre la hierba y abraza mi cuerpo convaleciente, en silencio, con la mirada perdida en el infinito. Contemplo la negra inmensidad con ojos de aprendiz, ansiosa por ver qué puede ofrecerme este improvisado paritorio de la naturaleza, que a él se le antoja tan vital. Acaba de secuestrarme cinco horas antes del alta clínica oficial, después de cuatro semanas de UCI y tres meses y medio de hospitalización.
"Hay cosas que no recuerdo, ni lo pretendo.
El día que desperté del coma, setenta y seis horas después del accidente, llovía. Llovió durante tres días sin interrupción. Me obsesionó la idea de que llovía para mí y que diluviaría hasta que el agua bautizara mi recién estrenado yo. Se negaron a dejarme salir. La tercera noche él arrastró mi cama hasta la ventana abierta de par en par y me dejó encojer de frío hasta quedar empapada. Perdí diecisiete kilos, la movilidad del brazo derecho y un riñón. El catorce por ciento de mi estructura ósea aún se recupera. No puedo andar. Podré, dicen. Tengo una llamativa cicatriz en la cara. Desaparecerá, dicen. No me molesta, parezco una heroína de Tim Burton.
No recuerdo algunas cosas, ni lo pretendo.
Pero dejó de llover.
Y volví a escribir.
Al fondo el sol empieza a anunciarse con llovizna de arco iris.
De pronto aquel espacio rudimentario y lodoso se llena de luz primaveral. Como un San Jorge sometiendo al dragón de la noche con ímpetus de mediodía. El sol asoma a un cielo preparado especialmente para nosotros (y se sonríe, seguro) al vernos allí abajo, emocionados, con las gargantas nudas, la piel escarchada y la cruda realidad embotándonos los sentidos. Hace años que no me paro a mirar la nacida glamurosa de la mañana... y por todos los demonios, qué bonita es. El cielo se desgarra a jirones entre rugientes olas naranjas y filamentos de sangre y violeta, la luz palpita y se dilata elástica, en el silencio vertido sobre nuestras cabezas, enfundado en cantos de sirenas de Ulises, en voces sin voz, camino sin huellas, por los siglos de los siglos…
(... y hasta que la muerte os separe)
... amen.
El espectáculo dura, lo que duran las cosas buenas. Poquísimo.
Él se levanta primero y me ayuda a levantarme después. Me sacude la tierra y los saltamontes, miramos un rato cómo se pone el telón de nubes en la distancia y volvemos al coche.
(…)
No sé qué decir.
No digo nada.
Al salir del coche el fresquito antinatural de las seis y media de la mañana me muerde las pantorrillas como un carroñero. Tras el vistazo general la mordedura se extiende por todo el cogote. Aquello es, con benevolencia, una autentica porqueriza. Y nunca mejor dicho, incluso los grillos chillan como cerdos. Una enorme explanada cubierta de lodo, a treinta y siete kilómetros de mi cama en el hospital, a oscuras, sin bicho viviente que cacarée, sin una casa, una vaca o una pincelada de civilización además del paisaje negro de una noche que remata, a lo lejos, en la sierra bruna, sin más aliciente que los faros del automóvil…
Romántico, lo que se dice romántico, no es romántico.
Sin embargo él parece la encarnación humana del éxtasis orgásmico. Feliz, me lleva hasta un lado, nos sienta sobre la hierba y abraza mi cuerpo convaleciente, en silencio, con la mirada perdida en el infinito. Contemplo la negra inmensidad con ojos de aprendiz, ansiosa por ver qué puede ofrecerme este improvisado paritorio de la naturaleza, que a él se le antoja tan vital. Acaba de secuestrarme cinco horas antes del alta clínica oficial, después de cuatro semanas de UCI y tres meses y medio de hospitalización.
"Hay cosas que no recuerdo, ni lo pretendo.
El día que desperté del coma, setenta y seis horas después del accidente, llovía. Llovió durante tres días sin interrupción. Me obsesionó la idea de que llovía para mí y que diluviaría hasta que el agua bautizara mi recién estrenado yo. Se negaron a dejarme salir. La tercera noche él arrastró mi cama hasta la ventana abierta de par en par y me dejó encojer de frío hasta quedar empapada. Perdí diecisiete kilos, la movilidad del brazo derecho y un riñón. El catorce por ciento de mi estructura ósea aún se recupera. No puedo andar. Podré, dicen. Tengo una llamativa cicatriz en la cara. Desaparecerá, dicen. No me molesta, parezco una heroína de Tim Burton.
No recuerdo algunas cosas, ni lo pretendo.
Pero dejó de llover.
Y volví a escribir.
Al fondo el sol empieza a anunciarse con llovizna de arco iris.
De pronto aquel espacio rudimentario y lodoso se llena de luz primaveral. Como un San Jorge sometiendo al dragón de la noche con ímpetus de mediodía. El sol asoma a un cielo preparado especialmente para nosotros (y se sonríe, seguro) al vernos allí abajo, emocionados, con las gargantas nudas, la piel escarchada y la cruda realidad embotándonos los sentidos. Hace años que no me paro a mirar la nacida glamurosa de la mañana... y por todos los demonios, qué bonita es. El cielo se desgarra a jirones entre rugientes olas naranjas y filamentos de sangre y violeta, la luz palpita y se dilata elástica, en el silencio vertido sobre nuestras cabezas, enfundado en cantos de sirenas de Ulises, en voces sin voz, camino sin huellas, por los siglos de los siglos…
(... y hasta que la muerte os separe)
... amen.
El espectáculo dura, lo que duran las cosas buenas. Poquísimo.
Él se levanta primero y me ayuda a levantarme después. Me sacude la tierra y los saltamontes, miramos un rato cómo se pone el telón de nubes en la distancia y volvemos al coche.
(…)
No sé qué decir.
No digo nada.

1 comentario:
Te he linkado en mi página para no perderme tus relatos, que son prosa poética...hasta pronto un abrazo de azpeitia
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