martes, 8 de abril de 2008

MICRORELATO

Cristina y yo no hablabamos mucho.
Paseabamos y jugabamos en silencio, felices, sin necesidad de conversar, ni de intercambiar palabras, porque ambas sabíamos qué pensaba la otra y nuestra comunicación brotaba sin más con el intercambio mutuo de miradas. Yo soñaba con ser ella, cuando las niñas de mi edad soñaban con ser princesas y mamás, o “señoras de”, jugando a las casitas con bebés de plástico y zapatos de tacón alto, pintados los labios de carmín y adornados los brazos con pulseras de metacrilato de colores.
Mientras, nosotras nos sentabamos a contemplar insectos, ranas en los caños, saltamontes en el cesped húmedo, perseguíamos caracoles, imaginando historias misteriosas sobre su concha y contruíamos barcos de papel, que botabamos con pompa en los charcos de la rambla. Nadie como ella para explicar el colorido del cielo estrellado, en pleno mediodía de abril.
Cristina tenía un par de alas pequeñas en las comisuras de la boca, que aleteaban y brincaban sin pausa, con cada gesto, cada sonrisa y cada matutino encuentro con mi ansiedad infantil por descubrir la vida a su lado. Aun busco estrellas fugaces de día.

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