martes, 8 de abril de 2008

MICRORELATO

A los catorce años era aún demasiado inquieta como para ver mucho más allá de lo estrictamente evidente. Me concentraba en escurrir lo más maravilloso de las cosas, sonreir ante ellas y desahuciar lo que quedaba de miserable, rezumanado en el escurridor. A los catorce me torcí un tobillo, me agujereé el ombligo con una horripilante aguja de crochet, hice mi primera pella histórica a clase de sociología, rugí de gusto al contemplarme esplendorosamente afeitada en mi vello púbico, aprendí de memoria la Bhagavad-gïtä en un arranque filosofal y conseguí que medio instituto se movilizara a favor de los derechos del trabajador, abanderando a Sebastián Gómez del Prado, bedel publiempleado depresivo de 64 años, como baluarte y simbolo meritorio de mi cruzada por aburrimiento. A los catorce suspendí mi primera asignatura y bajé del sobresaliente al notable y del notable al indiferentemente problemática, oscilando cual yo-yo del excelente al suspenso incalificable según me diera el viento. A los catorce saboreé mi primer beso, sentí mi primera caricia especial y dí mi primera y última patada en los huevos…
... luego llegué a los quince y todo se terminó.

No hay comentarios: