martes, 8 de abril de 2008

MICRORELATO

El armario tenía las puertas abiertas.
No mucho, solo una delgada línea de oscuridad. Lo justo para inquietar. Cuando te metes en la cama permitiendo que el cuarto quede así, expuesto, asumes que cualquier cosa puede entrar por allí, presumiblemente porque semejante acto de estupidez indica a las claras "bienvenidos, demonios del carajo, venid y llevadme al infierno mientras descanso a pierna suelta y de paso, saludad a los amigüetes del armario empotrado…" ¡Por Dios!
Encendió la luz de la mesilla de noche y contempló la habitación. Las ranas se oian de fondo. La ventana cerrada a cal y canto.
Bajó de la cama y cerró la puerta.

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