Miro el teléfono de lejos. En los dibujos animados son más rojos, más redondeados, más brillantes y, sobre todo, mucho más sonoros. En los dibujos los teléfonos suenan siempre, y lo hacen con ese ring auténtico, aberrante, imposible de imitar, acompañados del brinco característico y la vibración parkinsoniana de una lavadora, como si quisieran ponerse de pie y gritar: “cogedme, cogedme si podeis…”. Mi teléfono es de color beige y está callado. Por mucho que lo miro, porque lo miro todo el tiempo, permanece inmutable, haciéndose de rogar, como un virtuoso del ostracismo.
Lo escucho sonar en mi cabeza. Claramente. Pero no es cierto.
El teléfono ha muerto, eso debe ser. Murió y listo. Por eso estoy llorando.
¿Por qué si no?

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