domingo, 25 de mayo de 2008

RELATO CORTO

… nunca pensé que el tren pudiera ser tan rápido.
De haberlo sabido habría viajado en autobús. O en bicicleta. O en patines. O aún para ir más despacio, envueltos mis pies en los recuerdos de la casa y el pueblo, me habría vestido de paseante para ir acercándome andando, a paso lento, por ver si así el trayecto alarga hasta la eternidad el pasillo de este corredor de adioses que me toca vivir. Raíl silbante. Billete manido. Grito de angustia y despropósito. Dolor ciego y agudo que me mantiene sumergida en un insomnio galopante y mustio desde que...
… regreso a casa.
Papá murió ayer.
Mamá espera en la estación. Le pedí que no lo hiciera, le rogué. Pero estará allí. Esperando. Arrugada dentro de su piel, los ojos brillantes, los largos dedos como aterciopelados sarmientos tibios, arañando los botones de un jersey disfrazado de luto. Mamá, consumida como un junco disecado en un jarrón cascado de porcelana. Mamá sola, demasiado sola ahora, anacoreta de un lugar donde el ascetismo es señalado con índices indiscretos, donde la carnicería es un campo de batalla con muertos de lengua y perfidias de boca para dentro y para afuera, donde la panadería, el kiosco, el súper y la plazoleta, son nidos de brisas envenenadas que llegan a los odios de su santa penitencia. Mamá, mamaíta…
… que rápido anda este tren.
Me mareo.
Él no mira antes de cruzar. Pedalea hasta el pueblo de al lado al atardecer, sin luz, en dirección contraria para ver los coches que ya no puede oír. No sabe que existe un chaleco reflectante. No sabe qué significa reflectante. No sabe y no quiere saber. Nada ocurre aquí. Todo es tranquilo. Ni el viento corre para no molestar a las abejas. El pueblo es un buen hogar, hija. Un buen hogar.
Quiero bajar. Quiero que se pare ahora mismo y bajarme aquí, en ningún sitio.
Junto a los raíles.
Desandar.
Vomitar.
Él siempre decía que no. El pueblo le gustaba. Mamá se había conformado y estaban juntos. No, él no quería ir a la ciudad. Que importa el jardín. Que importa el mercado cerca. Que importa nada. Ven tú, que tienes el cuarto igual, que tienes tu cama, que tienes tus juguetes.
Es verdad. Yo no quería volver. El lo sabía. Le dolía saberlo y quería que yo supiera que le dolía. Intercambio de reproches silenciosos. Nunca lo entendí. Nunca me entendió. Metidos hasta el ahogo en esa desidia monotona y perezosa que termina por embriagarte, yo apuntalaba los resquicios de mi poder inevitable “algún día tendrás que ceder, papá” y él respondía con la clarividencia de un profeta
“algún día volverás, hija”.
… la próxima parada. La próxima es más larga.
Tenías razón, papá. Vuelvo a casa.
... nunca pensé que el tren pudiera ser tan rápido.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola:

Buen relato. Me gusta especialmente: "Quiero bajar. Quiero que se pare ahora mismo y bajarme aquí, en ningún sitio. Junto a los raíles. Desandar".

Saludos.

Azpeitia poeta y escritor dijo...

Además escribes como los ángeles, con una sensibilidad de artista que lo inunda todo...no voy a emplear más adjetivos...un abrazo de azpeitia

Elias Valencia dijo...

Cuando una artista es tan grando como tñu lo eres, Inmaculada, todo lo que hace está impregnado de belleza. Hoy es el primer día que veo lo que escribes